La guía completa para leer a Sófocles

Sinopsis escena por escena

Edipo rey (título griego Oidipous Tyrannos) es una tragedia de Sófocles, dramaturgo ateniense del siglo V a. C. La obra está ambientada en Tebas, donde el rey, Edipo, busca poner fin a una peste descubriendo al asesino de Layo, el anterior rey de la ciudad.

El prólogo es la escena inicial, y la párodos es el canto de entrada del Coro. Un episodio es una escena hablada entre cantos corales. Un estásimo es una oda coral que se canta entre episodios, y un commo es un lamento lírico compartido entre el Coro y uno o más actores. El éxodo es la escena final. El Coro está compuesto por ancianos tebanos.

Prólogo (1–150)

Edipo, rey de Tebas, sale y encuentra a una multitud de suplicantes que portan ramas coronadas con lana, y les pregunta por qué han venido. El sacerdote de Zeus habla en nombre de todos. Describe una peste en la que los cultivos, los rebaños y los partos de las mujeres se malogran, y una plaga abrasadora asola la ciudad. Recuerda que Edipo ya liberó una vez a la ciudad del tributo que pagaba a la «cruel cantora», la Esfinge, y le pide que vuelva a traer el alivio. Edipo responde que se aflige tanto por la ciudad como por sí mismo. Ya ha enviado a Creonte, hijo de Meneceo y hermano de su esposa, a la morada pítica de Febo, el oráculo de Apolo en Delfos, para averiguar cómo salvar la ciudad.

Creonte llega coronado de laurel y comunica la respuesta del dios: la tierra cobija una mancha impura, y los asesinos de Layo deben ser desterrados o castigados con sangre. Layo fue rey antes de Edipo, y este solo lo conoce de oídas. En respuesta a las preguntas de Edipo, Creonte explica que Layo partió de Tebas para consultar el oráculo de Delfos y nunca regresó. Todos sus acompañantes murieron excepto uno, que huyó y relató que una banda de salteadores los atacó en gran número. En aquel momento nadie intentó vengar la muerte, porque la enigmática Esfinge acaparaba la atención de la ciudad. Edipo declara que reabrirá la investigación desde el principio y que, al vengar a Layo, mira por su propio bien, ya que el asesino bien podría volverse también contra él. Pide a los suplicantes que se levanten y ordena convocar al pueblo de Tebas. El sacerdote y los suplicantes se levantan, y el sacerdote ruega que Febo acuda como su salvador.

Párodos (151–215)

El Coro, formado por los ancianos de Tebas, entona el canto de entrada. Con temor, pregunta qué traerá el oráculo de Pito (Delfos). Luego invoca a Atenea, a Ártemis, que se sienta en su trono sobre el Ágora, y a Febo para que auxilien a la ciudad. Describe los estragos de la peste: la tierra no da frutos, las mujeres no superan los dolores del parto y los cadáveres yacen en el suelo sin piedad ni duelo, mientras las mujeres lanzan gemidos junto a los altares. El Coro suplica que el dios de la muerte sea expulsado de la tierra e implora a Zeus que lo abata con su rayo. También invoca como aliados frente a él a Apolo Licio, a Ártemis y a Baco, a quien proclama protector del país.

Primer episodio (216–462)

Edipo proclama ante los tebanos que cualquiera que sepa quién mató a Layo, hijo de Lábdaco, debe declararlo. Al culpable confeso se le promete el destierro sin mayor castigo, y al delator, una recompensa. Prohíbe a todos en el país acoger al asesino o compartir oraciones y sacrificios con él, y lanza una maldición contra el homicida y contra sí mismo en caso de que lo reciba en su propia casa. Añade que ahora él ocupa el trono y la cama que en su día fueron de Layo. El Coro responde que no mató a Layo ni sabe quién lo hizo, y sugiere consultar al adivino Tiresias. Edipo responde que ya ha mandado llamarlo dos veces por indicación de Creonte. Tiresias, ciego, entra guiado por un muchacho.

Al principio, Tiresias se niega a hablar y pide volver a su casa. Provocado por la cólera de Edipo y por su acusación de que el propio adivino ayudó a tramar el crimen, este revela que Edipo es el asesino y que convive en una infamia insospechada con sus seres más allegados. Edipo sospecha que Creonte lo ha sobornado, y se burla de la ceguera del adivino y de su incapacidad para resolver el enigma de la Esfinge. Tiresias replica que Edipo ve, pero no percibe su propia desdicha. Profetiza que la maldición de su padre y de su madre lo arrojará fuera de esta tierra, que se descubrirá que es tebano de origen y que se revelará a la vez como hermano y padre de sus propios hijos, e hijo y esposo de la mujer que lo engendró. El muchacho se lleva a Tiresias de allí y Edipo entra en palacio.

Primer estásimo (463–512)

El Coro canta sobre el hombre desconocido al que el oráculo délfico ha señalado como autor de crímenes innombrables. Dice que debe huir, acosado por Apolo y las Moiras, errante por los parajes desiertos, incapaz de esquivar el fatídico destino pronunciado en el ombligo del mundo. El Coro se muestra turbado por las palabras del adivino: no puede aceptarlas ni desmentirlas, y no sabe qué pensar. Nunca ha tenido noticia de disputa alguna entre la casa de Lábdaco y Edipo, hijo de Pólibo, que pueda servir de prueba contra el rey. Asegura que no se sumará a los reproches contra Edipo hasta que la acusación esté plenamente probada, recordando que fue puesto a prueba por la doncella alada, la Esfinge, y que salvó con acierto a la ciudad.

Segundo episodio (513–862)

Creonte se presenta indignado por el rumor de que ha lanzado falsas acusaciones contra Edipo. Edipo sale de palacio y lo acusa de conspirar para usurpar el trono y de haber sobornado al adivino. Creonte argumenta que no tiene ningún deseo de ser rey, ya que disfruta de las ventajas del poder sin sus fatigas, y propone someterse a una comprobación consultando de nuevo en Pito. Edipo replica que debe actuar con presteza ante un conspirador, y afirma que desea la muerte de Creonte, no su destierro. Yocasta, esposa de Edipo y viuda de Layo, sale de palacio y reprende a ambos hombres por disputar mientras el país languidece. En el primer commo (649–697), el Coro suplica a Edipo que perdone a Creonte, quien se ha comprometido con un juramento. Edipo cede, declarando que lo hace por el Coro y por Yocasta, y Creonte se marcha.

Yocasta pregunta qué ha ocurrido, y Edipo explica que Creonte, valiéndose de Tiresias, le imputa la sangre de Layo. Ella le responde que los adivinos no poseen verdadera clarividencia. Un oráculo vaticinó en su día a Layo que moriría a manos del hijo nacido de ambos; sin embargo, la criatura fue abandonada en un monte inhóspito con pocos días de vida, y a Layo lo mataron unos salteadores en un cruce de tres caminos. Edipo, turbado, le hace preguntas sobre el lugar, el momento, el aspecto de Layo y la comitiva que llevaba. Ella responde que ocurrió en Fócide, donde convergen los caminos de Delfos y Daulia, y que sucedió poco antes de que él asumiera el mando en Tebas. Layo era alto y canoso, y lo acompañaban cinco hombres, entre ellos un heraldo, y un solo carro. Un criado, el único superviviente, rogó que lo enviaran a los pastos cuando vio a Edipo en el trono. Edipo le confiesa entonces que su padre es Pólibo de Corinto y su madre Mérope, una doria. En un banquete, un hombre ebrio le espetó que no era el verdadero hijo de su padre. Aunque sus padres se indignaron ante la afrenta, él acudió a Delfos y allí se le reveló que profanaría el lecho materno y mataría a su padre. Ante eso, huyó de Corinto. En un cruce de tres caminos, un heraldo y un anciano en un carro intentaron apartarlo a empujones, y él mató al anciano y a su séquito. Su única esperanza es que el superviviente confirme que unos salteadores, y no un solo hombre, mataron a Layo. Yocasta afirma que el testigo no puede desmentir lo que toda la ciudad escuchó, y accede a mandar a buscarlo.

Segundo estásimo (863–910)

El Coro reza para conservar una devota pureza de palabras y obras, obediente a las leyes engendradas en el Olimpo. Advierte que la soberbia engendra al tirano y que el insolente que no teme a la Justicia ni respeta las imágenes sagradas de los dioses merece un funesto destino. Proclama que dejará de acudir a los sagrados oráculos de Delfos, Abas y Olimpia si los vaticinios no se cumplen. Apela a Zeus, señalando que las antiguas profecías sobre Layo se desvanecen, que los hombres las tienen en poco y que el culto a los dioses se extingue.

Tercer episodio (911–1085)

Yocasta acude con una rama sagrada e incienso para rogar a Apolo Licio, pues Edipo vive dominado por el desasosiego y el pánico. Llega un mensajero de Corinto preguntando por el palacio de Edipo. Trae la noticia de que Pólibo ha muerto y de que los corintios proclamarán rey a Edipo. Yocasta manda llamar a Edipo, quien sale y escucha las nuevas. Se siente aliviado al ver que el oráculo no se ha cumplido, ya que Pólibo ha fallecido de muerte natural, pero aún teme la profecía de las nupcias con su madre mientras Mérope viva. Para disipar su inquietud, el mensajero le aclara que Pólibo no era su padre. Él mismo recibió a la criatura de manos de un pastor de la casa de Layo, habiéndole encontrado los tobillos atravesados y atados, origen del nombre de Edipo.

Edipo pregunta quién era aquel pastor, y el Coro indica que se trata del mismo campesino a quien ya había mandado buscar. Yocasta, que lo ha comprendido todo, suplica a Edipo que abandone la indagación, y sale lanzando un grito, lamentando que esas sean las últimas palabras que podrá dirigirle. Edipo, resuelto, asegura que debe desentrañar su linaje, por humilde que resulte ser.

Tercer estásimo (1086–1109)

El Coro proclama que, si tiene dotes de adivino, el monte Citerón será ensalzado en el próximo plenilunio como cuna, nodriza y madre de Edipo. Se pregunta quién dio a luz a Edipo, sugiriendo a Pan, que recorre las montañas, a Loxias (Apolo), al señor del Cileno o al dios de las bacantes como posibles padres junto a alguna de las ninfas de las cumbres.

Cuarto episodio (1110–1185)

Llega el pastor conducido a escena. El Coro confirma que sirvió a Layo en su día, y el corintio lo reconoce como el hombre al que se refería. El pastor afirma que nació como esclavo en la casa de Layo y que apacentaba rebaños en torno al Citerón. El corintio le recuerda que pastorearon juntos allí durante tres semestres y le pregunta si no le entregó antaño un niño para criarlo. El pastor le ordena callar, pero Edipo manda que lo aten, y finalmente confiesa que entregó la criatura.

Acosado a preguntas, el pastor revela que se decía que el niño era hijo de Layo, y que Yocasta es quien mejor podría explicarlo. Ella se lo entregó para que se deshiciera de él por temor a los oráculos que predecían que mataría a su padre. Por piedad, él prefirió dárselo al corintio. Edipo lanza un alarido al ver que todo se ha cumplido: maldecido en su origen, en su matrimonio y en el derramamiento de sangre, entra corriendo desesperado en palacio.

Cuarto estásimo (1186–1222)

El Coro lamenta la fugacidad de la felicidad humana y toma el destino de Edipo como advertencia para no considerar dichoso a ningún mortal. Rememora cómo Edipo abatió a la doncella rapaz de los enigmas, convirtiéndose en firme baluarte para la ciudad y recibiendo los honores de rey. Se pregunta ahora de quién puede ser la desdicha más honda. El tiempo ha sacado a la luz su verdad, y un mismo tálamo sirvió para padre e hijo. El Coro desearía no haberlo visto jamás, aun reconociendo que en otro tiempo le devolvió el aliento.

Éxodo (1223–1530)

Un segundo mensajero anuncia que Yocasta ha muerto por su propia mano. Relata que corrió a sus aposentos, invocando a Layo y lamentando su tálamo nupcial. Edipo irrumpió reclamando una espada y preguntando por la esposa que no era tal, forzando los batientes. Vieron a Yocasta colgada de una soga. Edipo desató el lazo, tomó los broches de oro de sus vestidos y se clavó las puntas en los ojos, sentenciando que ya no contemplarían los males que padeció ni las culpas que cometió. El mensajero añade que Edipo exige que se abran las puertas para mostrar a todos los cadmeos al parricida, pues se propone expatriarse por sí mismo. Edipo aparece entonces en escena guiado desde el interior.

Sigue el segundo commo (1297–1368). El Coro contempla el cuadro con espanto; Edipo lamenta su destino y declara que Apolo consumó sus desgracias, pero que fue su propia mano la que le arrancó la vista. Ruega que lo expulsen del país y maldice al hombre que le desató las trabas de los pies en el pastizal. El Coro juzga que más le valdría estar muerto que vivir ciego. Edipo defiende lo hecho: no habría podido mirar a la cara a su padre ni a su madre en el reino de los muertos, ni contemplar a sus propios hijos, su ciudad o los templos de los dioses; e increpa al Citerón, a Corinto y al cruce de los tres caminos. Implora que lo oculten para siempre, lo maten o lo arrojen a las profundidades del mar.

Entra Creonte y ordena a sus sirvientes que conduzcan a Edipo al interior del palacio, para que solo sus parientes contemplen los males familiares. Edipo suplica ser desterrado de inmediato, pero Creonte prefiere averiguar primero la voluntad del dios. Edipo pide que se dé sepultura a Yocasta y que a él se le permita habitar en el Citerón. Encomienda sus hijas a Creonte, señalando que sus hijos varones sabrán valerse por sí mismos. Creonte hace entrar a las dos niñas, Antígona e Ismene. Edipo rompe a llorar por ellas, pensando en la vida que les espera, y pide a Creonte que le prometa con un estrechón de manos que las protegerá. Creonte le ordena entrar en palacio; Edipo obedece, insistiendo en que se le destierre del país, a lo que Creonte responde que eso compete concederlo al dios. Cuando Edipo suplica que no le arrebate a sus hijas, Creonte le advierte de que no pretenda mandar en todo, pues el poder que un día ostentó no lo ha acompañado hasta el final de sus días. En los versos finales, el Coro exhorta a los tebanos a contemplar a Edipo, quien descifró los célebres enigmas y alcanzó la cumbre del poder, recordando que no se debe llamar dichoso a ningún mortal antes de que haya cruzado el umbral de la vida libre de dolor.